Barco

PASO Nº4 Varada 2

En agosto, Adrián había decidido bajar el ritmo, trabajaría solo por la mañana y así disfrutaría de nosotros y de su familia uruguaya por la tarde. Su padre llegaba ese mes (agosto). El propósito de su viaje era visitarnos. Era hora de compaginar el trabajo con el descanso y la atención familiar, aunque esto supusiera alargar la estancia en el varadero y pagar más. Yo seguiría yendo y viniendo a Lanzarote, pero los días en La Graciosa eran mucho más amenos. Necesité algo de tiempo para recuperar mi equilibrio y aceptar la situación. Cuando fui consciente del momento que me tocaba vivir, empecé a ver todo con un prisma más positivo, era una oportunidad de sentir nuevas experiencias. No solo cambió mi ánimo, sino la situación, justo en ese mes daban comienzo las actividades infantiles de verano en La Graciosa, a las cuales nos apuntamos Julia y yo. Cada mañana estábamos ocupadas con los diferentes talleres organizados, donde a parte de pasarlo bien, nos relacionábamos con todos lo niños de la isla. La Graciosa en esta época del año, se llena de turistas que visitan la isla por el día y de otros que alquilan casa y permanecen el mes, entre ellos conocemos otras familias con niños y surgen comidas, excursiones y charlas compartidas.

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Mi suegro gozó de su estancia desde el primer momento, aprovechamos su llegada para enseñarle los lugares más pintorescos de Lanzarote y seguir después destino a la octava isla. Allí disfrutó de un ritmo pausado, por las mañanas acompañaba a Adrián en su trabajo y le ayudaba en lo que podía, él también es mecánico y ha compartido muchas horas de trabajo con su hijo en el pasado, cuando quería descansar se sentaba junto a Giselle (su hija) en el puesto. Por las tardes disfrutaba de su nieta en la playa, dando un paseo o con lo que surgiera.

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Agosto supone una tregua para todos, incluso para el secado del barco, el cuál parece marchar bien. Adrián quiere dejar el casco unos meses en este estado y mientras, va avanzando en otros trabajos (instalación del water, luces del interior…) pero sobre todo intenta disfrutar de las circunstancias del momento porque no es fácil que se vuelvan a repetir (reunir a parte de su familia en un mismo lugar).

A principios de septiembre regresamos todos a Lanzarote, el día 6 era el cumpleaños de Julia y teníamos que organizar su fiesta, en la cual participaríamos todos. Su tía Gisselle desde su nacimiento se ha encargado de elaborarle las tartas, es una maestra en este oficio. Su tercer cumpleaños sería inolvidable por la presencia de su abuelo paterno y demás familia. Tras la celebración volvimos a la Graciosa donde seguimos disfrutando del buen tiempo y conociendo nuevos viajeros. No obstante, en septiembre experimentamos un cambio de ritmo, se acabaron las actividades de verano, los niños locales se incorporaron al cole y cada vez eran menos las familias que llegaban. Mi suegro regresó a Uruguay a finales de este mes. A pesar de todo, lo pasamos muy bien. Ya estábamos habituadas a ese entorno y nos sentíamos en casa.

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En Octubre Adrián recupera el ritmo intenso de trabajo y yo decido recuperar la base en Lanzarote, me tenía que organizar con Julia. No íbamos a escolarizarla por diversas razones, pero reconozco que ambas necesitábamos realizar alguna actividad, nos inscribimos en natación (dos días de mañana) y por la tarde encontramos unas clases de teatro para niños de esta edad, lo cual consideré una suerte porque casi todo lo que se organizaba en la isla, era para niños a partir de 4 años. La acompañé un par de clases hasta que ella se sintió segura con el grupo. Y fue entonces, cuando dispuse nuevamente de unas horas exclusivamente para mí. A parte de estas actividades programadas tuvimos tiempo para la improvisación. Casi todos los fines de semana volvíamos para La Graciosa y disfrutábamos del reencuentro con papa.

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Desde septiembre hasta noviembre son los mejores meses meteorológicamente hablando tanto en Lanzarote como en La Graciosa. En verano, suele arreciar los alisios, pero al finalizar agosto como por arte de magia éste para y se puede disfrutar de las playas, además de suponer un periodo de descanso para los oídos. Al barco también le viene bien este paréntesis. En Octubre, Adrián y el medidor de humedad consideran que el casco está suficientemente seco y pasa a la siguiente fase, la masilla para tapar algunas imperfecciones. Durante Octubre y Noviembre se dedica a la pintura; tres manos de resina epoxi y un tratamiento antiosmosis para luego dar en último lugar el antifouling.

Mientras él trabaja en su barco recibe varios encargos para hacer otros trabajos en un barco de acero recién varado. El hecho de trabajar al aire libre le sirve de escaparate, no hay mejor tarjeta de presentación que ver al trabajador en acción, a él le funciona, al menos en esta ocasión. La grúa del puerto tiene que ser reparada, esto implica que estará parada por unos meses, (durante este periodo no van a cobrar los días en el varadero). Adrián aprovechará estas circunstancias para acabar su barco con tranquilidad e ir avanzando en el barco de acero arriba mencionado.

En Diciembre se acaba el trabajo de reparación de la grúa y Voyage está listo para ser devuelto al agua. Es un momento de alegría para todos. Esto supone un gran avance para nuestro proyecto de cambio. Julia y yo no somos testigo del momento pero pronto vamos a disfrutar en nuestro barco de vuelta en el pantalán. Por estas fechas el ambiente del puerto era diferente, había muchas embarcaciones que estaban a punto de cruzar el océano. Adrián durante todos estos meses se había relacionado con mucha gente, tanto navegantes como gente local. Pero conectó y compartió mucho tiempo con una pareja de franceses que viajaban con su perro. Nosotras también llegamos a conocerlos y Julia simpatizó con ellos. Lo más gracioso era que no hablando francés, ni ellos español nos entendíamos. Pasamos fin de año en nuestra cáscara de nuez, siendo testigos desde allí de un cambio de año muy festivo. La televisión canaria celebraba las campanadas de nochevieja, desde este pequeño rincón del archipiélago canario. Fuimos testigos visuales del acontecimiento pero rodeados del silencio marino.

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Adrián confiesa que desde que llegamos a esta islita en Julio y vive en el barco se siente más ligero de equipaje, necesita el contacto con el mar, el aire, para ser él mismo. Confirma, por si cabía alguna duda, que es así como quiere vivir, solo pensar en volver a Lanzarote y meterse en casa le agobiaba. Pero había que hacerlo porque el trabajo que quedaba pendiente requería de materiales y de un lugar de trabajo adecuado. Todavía disfrutamos de unos meses más en el pantalán, pasamos el resto del invierno en la Graciosa.

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Adrián continua con las mejoras del barco pero a un ritmo mas pausado. Todo este tiempo nos ha servido para comprobar, que viviendo en el barco el trabajo de reparación no supone un extra, se compagina con las rutinas diarias. Cada día se va haciendo un poco y así no resulta tan duro.

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Julia y yo queremos contribuir y decidimos darle un impulso al interior. Queremos que Julia sea participe y le pedimos que decida los colores de las fundas de los sillones. Obviamente una niña de tres años no puede elegir mas que su color favorito, el rosa. Todos estuvimos de acuerdo con el criterio de Julia, el barco necesitaba un toque de color y manos a la obra.

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Nuestro día a día era muy sencillo. Nos levantábamos sobre las 8, a veces yo lo hacía antes y me iba a caminar. Desayunábamos y dependiendo del día y del clima alternábamos el paseo, las manualidades, los juegos…. Al medio día preparábamos la comida y en la tarde, casi siempre, iban al pueblo. A Julia le gustaba este momento porque se encontraba con los niñ@s que de mañana acudían al cole.

De vez en cuando aparecían otros niños navegantes por los pantalanes. En una ocasión, aparecieron dos niñas, una de la edad de Julia con su hermana mayor de unos 11 años. Enseguida se ficharon y espontáneamente surgió entre ellas el juego. Cuando intercambiamos alguna palabra con la mayor (en inglés), nos enteramos que eran rusas de Siberia y que todos los años en invierno salían en su velero a escapar del duro invierno siberiano.
Las peques a pesar de no entenderse verbalmente lo hacían a través del juego. Me fascinó y me fascina ver a los niños en acción, haciendo uso de esa inteligencia interior que todos traemos incorporadas sin tanta intoxicación del exterior, en su estado más puro y humano.

Vivimos la experiencia de un invierno frío, debido al clima pasamos muchas horas en el interior del barco, lo cual nos obligó a tener que agudizar el ingenio a la hora de entretener a Julia. El cambio a la primavera nos agradó y nos permitió poder disfrutar de más tiempo en el exterior. De igual forma, estábamos satisfechos porque hemos sido capaces de adaptarnos a las circunstancias del momento, sacándole el mayor partido a cada etapa.

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En Abril decidimos volver a Lanzarote con nuestro barco, nos costó tomar la decisión, cada vez estábamos más a gusto en la islita, pero teníamos que continuar con los planes. La visita de unos amigos, desde Alemania, por semana santa, nos sirvió para determinar la fecha. Teníamos que recibirlos y por supuesto disfrutar de ellos.

Salimos de mañana, alrededor de las 10.

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El viaje de regreso no pintaba tan duro como la ida, pero Julia dio por hecho que se marearía y preparó su cama. Por supuesto, me invitó a quedarme con ella. Nos tomamos biodramina, igualmente yo había hecho un trabajo mental para no marearme, pero cabía la posibilidad de que ocurriera, porque en el interior los movimientos se sienten más, además aún no estamos marinizadas del todo. Entre navegación y navegación pasa mucho tiempo y las travesías que hemos realizado no han sido muy largas. Las primeras horas del viaje fueron las peores. A la salida de la Graciosa nos quedamos sin viento, el barco se movía pero no avanzaba. Por supuesto nos afectó a Julia y a mí. Tardamos más de una hora en salir del canal, pero una vez conseguido apareció la brisa que necesitábamos para llegar a puerto. El resto de la navegación fue óptima, no obstante Julia y yo con el primer efecto de mareo permanecimos media dormidas hasta el final. Llegamos al puente de las bolas sobre las 16 horas, allí nos encontramos con nuestros vecinos veleros. Dos amigos se acercaron a nuestro barco y aprovechamos para zamparnos unos buenos bocadillos. Recuperamos el ánimo y desembarcamos para irnos de vuelta a casa. Comienza otro episodio en esta larga historia. De nuevo tendremos que buscar cada uno nuestro lugar y ajustarnos al ritmo de tierra.

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