Viaje

Charlotteville

La travesía duró dos días a pesar de que está a tan solo 15 millas de Mount Irvine. No obstante decidimos hacerlo en dos partes, porque tanto a Julia como a mi, navegar contra el viento y con olas todavía es motivo de tensión.
Así que después de un par de horas de navegación paramos en Castara. Una vez fondeados todo malestar desaparece y estamos dispuestas a disfrutar de la nueva parada.
Como llegamos a buena hora (14:20), después de comer nos dio tiempo de disfrutar nuevamente de la playa (ya la habíamos visitado con mi hermano).
Al día siguiente como todo estaba preparado salimos temprano rumbo a Charlotteville. Estuvimos a punto de hacer otra parada, porque las condiciones del viaje eran las mismas. Navegar hacia el norte de la isla implica tener que ceñir y aguantar las olas de costado y aunque pretendo disimular, mi rostro refleja que estoy en tensión y Adrián sufre de vernos así. Sin embargo, en esta ocasión decidí seguir hasta el final, no es miedo a que se vuelque el barco, el viaje es completamente seguro, tampoco es que haga mal tiempo, simplemente es la forma en la que el velero se comporta cuando navega contra el viento, pero hemos de acostumbrarnos, porque tendremos que realizar muchos trayectos con estas condiciones.
Además Julia se había dormido con lo cual era un aliciente para continuar, no iba haber quejas por su parte. En cuanto a mí, me dije que tendría que participar un poco porque Adrián es el único que navega y a veces una ayuda para realizar las maniobras no le viene mal. Así que aguanté los cabos mientras cambiaba de banda el genoa. No es que fuese demasiado mi ayuda, pero es un comienzo y también a mi me ayudó a estar menos pendiente de las olas y de la escora del barco.
Finalmente llegamos a las 14:00 de la tarde, habían varios veleros fondeados (creo que eran cuatro) en una bahía preciosa, rodeada de vegetación y con un pequeño pueblo en una de sus playas. Uno de los veleros, el que teníamos más próximos nos saludó y nos dio la bienvenida.

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Comimos y descansamos un poco antes de bajar a tierra para informarnos sobre los trámites que teníamos que hacer en la oficina de inmigración.
Antes de venir a Charlotteville, tuvimos que comunicarlo en la oficina de inmigración de la capital donde nos entregaron una carta para sus compañeros de Charlotteville.

La oficina estaba cerrada pero el oficial de aduana nos vio llegar a la playa y nos avisó de que tendríamos que pasar también por su puesto. Nos citó para la mañana siguiente a las 10:00 h.
Nos presentamos con nuestros papeles y la carta que nos habían entregado en Scarborough. Primero entramos en la aduana, el oficial nos pidió nuestra documentación y el formulario de entrada de la aduana de Scarborough, le contestamos que la única carta que teníamos era la de inmigración y que no habíamos visitado ningún otro sitio en la capital ni a nuestra llegada a la isla ni antes de venir a Charlotteville.
Por su reacción supimos que teníamos un problema. Adrián y Christophe tendrían que haber pasado por la aduana cuando pisaron tierra por primera vez, pero por falta de información y por desconocer las leyes del país, no lo hicieron (pensando que inmigración y aduana eran la misma cosa).
El oficial nos dijo que tenía que llamar a la oficina central y consultar nuestro caso, mientras él resolvía nos mandó a inmigración. En inmigración no tuvimos problemas porque traíamos la carta requerida y nuestros documentos en regla. Pero cuando regresamos a la oficina de aduana, nos explicó y nos enseñó por escrito lo que supone no pasar por aduana una vez que entras en un país, se considera una falta de respeto hacia el mismo e implica una multa de 20.000 $, casi nos echamos a llorar, pero luego el oficial nos dijo que nos perdonarían la falta por esta vez y nos recalcó que cuando vayamos a otra isla tenemos que pasar obligatoriamente por aduana y por inmigración, porque son dos trámites independientes.
Tuvimos que pagar 150 $ de Tobago (50 $ por cada mes que hemos estado), nada, comparado con la multa que nos acababan de perdonar.

Después de este susto volvimos al velero y esta vez si paramos en el barco de los vecinos, aquellos que nos habían dado la bienvenida tan calurosamente. Se trata de una familia brasileña irlandesa, con dos hijos, un chico de 12 y una chica de 10 años. Llevan 18 años viviendo sobre un barco y han viajado por muchas partes del mundo. Gente muy amable y simpática que ha influido para que queramos permanecer en este lugar el mayor tiempo posible.

Desde nuestra llegada hemos tenido tiempo de explorar un poco los alrededores y el pueblo.

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PLAYA EN EL OTRO EXTREMO DE LA BAHIA

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ESTA VEZ PAPA LE HIZO UN ARCO CON BAMBÚ, MÁS EFICIENTE

charlotteville-velerovoyage-16BAHIA DE CHARLOTTEVILLE (DESDE EL FUERTE)

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VISTAS DESDE EL FUERTE (PASEO DESDE EL PUEBLO)

Justo en frente de nuestro fondeo tenemos una playa con el nombre de “ bahía de los piratas”, es una playa virgen con un fondo verde impresionante. Desde esta playa se puede acceder al pueblo por un sendero, desde el que se disfruta de unas vistas espectaculares, además de poder recoger alguna que otra fruta (mango, cayú) que caen de los árboles al medio del camino.

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La playa tiene un arroyo de agua dulce que además de ser un atractivo para que los niños jueguen, nos sirve a los que vivimos en barco para lavar ropa y para ducharnos después de unos deliciosos baños en el mar. Prácticamente todos los días visitamos la playa, a veces estamos solos y otras acompañados de unas pocas personas. Otro atractivo de esta bahía son sus fondos. Todavía no he inspeccionado toda la playa, pero lo que he visto es igual de impresionante que en Mt. Irvine, corales con toda su fauna y flora.

Este es un pueblo de pescadores y a diferencia de otros lugares de pesca no creo que tengan que salir muy lejos ni por mucho tiempo para conseguir una buena cantidad de peces. Cuando salen lo hacen en sus barquitas (todas son iguales). Cuentan con un motor grande y con dos cañas de bambú a ambos lados. Estas aguas están llenas de vida. A veces estamos dentro del barco y el ruido de los peces nos hace salir fuera, el mar parece hervir de la actividad que hay debajo.

Adrián lo de la pesca lo ha abandonado para dedicarse a la recolecta de fruta. Este lugar es un paraíso para los frutícolas. De vez en cuando sale de expedición con un palo y regresa con aguacates, mangos, limones, papaya, dasheen bush (una hoja con sabor a espinaca), orégano chino, mandioca…. Nuestros vecinos llevan más tiempo aquí y están tan encantados como nosotros, ellos conocen y se relacionan con mucha gente del pueblo y gracias a ello sabemos donde conseguir otros frutos y hierbas como: fruta estrella, maracuyá, plátanos, albahaca…, incluso huevos frescos. Realmente necesitamos comprar muy poco. Adrián disfruta como un niño, realmente goza poder coger directamente la fruta de los arboles y se imagina lo que sería este lugar y otros, antes de que llegase el consumo irracional. La naturaleza es exuberante y generosa. Si la cuidásemos un poco más no habría tanta hambre ni tanta pobreza, estoy segura.

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Aquí hay comida por doquier, sin embargo también se ve un consumo grande de snaks en bolsas de plástico y comida basura. A pesar de que los arboles están a la vista y al alcance de todo el mundo, no vemos que otros hagan lo mismo que nosotros, incluso la gente local compra fruta en el mercado. Es algo que aún no entiendo. El caso es que para nosotros esto es el paraíso y mientras estemos aquí disfrutaremos de él.

Tenemos mucha relación con la familia que ya he citado, hemos organizados comidas en nuestros respectivos barcos, hemos participado en el 11 cumpleaños de Bianca, hemos compartido asaderos en la playa junto a otros navegantes.
Julia se siente cómoda con ellos y manifiesta que está contenta porque ya tiene una amiga.

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SEAMUS Y BIANCA

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Para mí son un referente, al ser la primera familia que conocemos que viven en un barco y  que además comparten nuestro concepto de educación. Ambos están comprometidos con ella y todas las mañanas realizan escuela en el barco. Practican el homeschooling y nos han hablado de como lo llevan a cabo (materiales). También nos han pasado el dato de que existe un facebook de familias navegantes. Al parecer todos los padres buscamos lugares donde podamos coincidir con otras familias y a través de esta dirección podemos saber de antemano en que lugares se encuentran otros barcos con niños.

Además de todos estos motivos que hacen de esta parada un punto especial en nuestra corta trayectoria como navegantes, quisiera añadir que en el pueblo disponemos de una biblioteca con muchos libros infantiles, películas e incluso con internet (a Julia le encanta sentarse a ojear libros mientras disfruta del aire acondicionado), un cajero y algo que valoramos mucho, un manantial de agua. Que más se le puede pedir a un lugar. Charlotteville nos cubre en demasía todas nuestras necesidades, por lo que estamos muy agradecidos y muy felices de haberlo encontrado en nuestro camino.

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En realidad ya hemos cumplido nuestro periodo de estancia en el país (90 días) y estamos tan a gusto que hemos preguntado por una prórroga. Tenemos cita con inmigración el 14 de Julio. Para poder obtenerla tenemos que justificar por escrito el motivo. En nuestro caso hemos pedido presupuesto de varaderos en Trinidad. Es cierto que queremos sacar el barco del agua pero a parte de esto, consideramos que es un buen lugar para permanecer mientras dure la época de huracanes (aquí no llegan). Veremos como se resuelve, mientras tanto, disfrutamos del lugar y de la compañía de los vecinos.

En cuanto a mi plan de ejercicio, he de confesar que he dejado de nadar a diario, no porque no tenga voluntad sino porque debajo de nuestro barco tenemos viviendo una familia de rémoras. Para Julia son una atracción, cada vez que tiramos algún deshecho orgánico al mar salen a comer, alimentarlas se ha convertido en una tarea diaria. Están siendo nuestros animales de compañía. No hacen nada pero no me gusta su aspecto y reconozco que me impresionaría tenerlas cerca. En lugar de nadar, camino más, cuando puedo hago el trayecto de la playa al pueblo caminando, el cual tiene una subida bastante pronunciada, con lo que el ejercicio está garantizado. Y de vez en cuando quedo con Marta (la mama del barco vecino) para hacer algo de ejercicio en la playa. Aunque la actividad física es importante y seguiré intentando practicarla he de decir que en lo relativo a la alimentación hemos mejorado mucho, nunca antes había comido tanta variedad de fruta y de tan alta calidad. Cada lugar tiene lo suyo y desde luego este destaca por su abundancia.

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